Un Taller de carpinterías, pero escriturarias

Finaliza Taller Técnicas Narrativas

Por: Antonio López Sánchez

La inefable Ileanita, uno de los buenos ángeles que repara sueños por este Instituto Internacional de Periodismo, me encañona a media mañana con un pedido de grueso calibre. Nada más y nada menos, rastrilla la solicitud y dispara, que le escriba unas palabras sobre esta edición del Taller de Técnicas Narrativas, del cual un grupo de colegas de la prensa somos actuales discípulos.

Y, claro, que el acto de escribir, sea encarado por periodistas y hasta por bocetos de escritores, como el que también se asoma detrás de estas líneas, no debiera ser tan dura empresa. O más bien nos creemos, tratamos de convencernos todo el tiempo, de que no es tan fiera la cuartilla como la pintan. Nos lo creemos, porque todos los que la respetamos en silencio, cuando nos mira retadora, sabemos que es igual de peligrosa tanto llena como vacía. Nos convencemos, porque al final es preferible el duelo, el agarrar la palabra por los cuernos, y que después nos muerdan tal vez la incomprensión o la censura (la ingratitud probable de los hombres, diría el Maestro), antes que sentarnos en el silencio a esperar una cornada de la sequía. Enemigos todos de los que escriben, y siempre confabulados con los muchos demonios que habitan más allá de la página.

Entonces, sintiéndose como un Hemingway aferrado a un anzuelo habitado, después de más de ochenta y cuatro días sin pescar un buen cuento; como el apoderado por cien años de Macondo o de Comala, se lanza uno al ruedo. Para cubrirnos de gloria, o para cubrirnos de glierda, como predicaba San Zumbado. Aunque en verdad, escribir se hace para descubrir y para descubrirnos, que es lo que ocurre cuando se escribe de buena ley.

Así, es que nos vestimos de la imprescindible armadura. Esa con la que cabalgamos, persuadidos realmente, o alucinados, de poder doblegar al reportaje que se nos insinúa con todos sus caminos por andar, o al cuento que se nos aparece, se nos regala desde su nada, y nos pide torturantemente que lo traigamos a la vida. Las piezas de esa armadura, cómo colocar mejor la lanza y la espada, cómo no caerse, o cómo levantarse, si arrecia el duelo a mitad de página o si nos mira amenazante y sin dejarse domar la primera línea, es lo que también intenta regalarnos este Taller.

Porque es, sin dudas, un regalo esta oportunidad de, en una aula de disecciones, alumbrados por un paraguas y curados por una máquina de coser, abrir el cuerpo de la escritura y acercar al periodismo, para que pueda mirarla por dentro. Para nutrirse de sus órganos y arterias; para desarmar carpinterías, para palpar sus uniones y encolados, sus lijas y barnices escondidos de la vista. Es un regalo envolverse de saber, descubrir o redescubrir, encontrarse nuevas herramientas, o afilar mejor y aprender mejores estocadas con las ya sabidas.

Qué decir entonces de sus protagonistas. Es un verdadero disfrute encarar el vasto magisterio de Eduardo Heras León. La cálida parsimonia de su instrucción, haciendo honor a ese Chino que a ratos sustituye su nombre, fluye, como suaves pasos en la hierba, lleno de la misma milenaria y oriental sabiduría de su apodo, y a la vez del acero y la olímpica fuerza de pradera y de Olimpo que traslucen sus apellidos.

Por igual, Francisco López Sacha, aviva en cada clase los cumpleaños de su fuego. Despierta, desde su voz, cada vez a nuevas figuras en el lienzo de los análisis y las teorías. Y en tanto desciframos mudas o dimensiones causales, y hacemos flotar las ocho partes del iceberg que corren por corrientes subterráneas de sentido, lo mismo Aquiles enamora a Madame Bovary, que Aureliano Buendía, como recordaría muchos años después, ante el pelotón de fusilamiento, discute con Ana Karenina sobre la guerra, el hielo y la paz.

De modo que no es de extrañar que el boceto de escritor que merodea detrás del periodista de estas líneas, y de seguro el resto todo de mis colegas, agradezca la oportunidad de este tránsito. Aunque en esta armadura, los entuertos periodísticos aún superan las “poquedades escriturarias” en amplio número, estas últimas acechan, esperando sus tiempos de también conquistar terreno. En un final, sea periodismo o sea literatura lo que se cabalgue, son dos modos de intentar ganar el mismo eterno combate contra la sempiterna página.

Dejó aquí entonces, espero que cumplida, la encomienda. Se extiende ya demasiado el tiempo literario para narrar en unos párrafos un tiempo real de cinco días y diez excelentes conferencias que ha transcurrido veloz y placentero. Y como lo bueno, si breve, dos veces Monterroso, hagamos para terminar una evocación literaria a favor de este curso. Quizás al propio Augusto, que debe andar por ahí haciendo dinosaurios y ovejas negras en pequeñas nubes o en el oído de algunos escritores, y quién sabe si de periodistas. Ojalá cuando despertemos, el Taller de Técnicas Narrativas, todavía esté aquí.

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