“Quien no está en la Red no tiene futuro”

Francisco Sierra visita la Redacción de La Jiribilla

Nirma Acosta, Yinett Polanco, Mabel Machado y R.A. Hernández • La Habana

 Fotos: Kike (La Jiribilla)

La presencia en Cuba de Francisco Sierra, decano de la Facultad de Periodismo de la Universidad de Sevilla, dejó entre quienes nos dedicamos a las labores del periodismo y la comunicación el sabor de las múltiples interrogantes posibles que en torno a este campo se abren cada día. Convocado por la Universidad de San Gerónimo y el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, Sierra llegó a la capital cubana para participar en el Primer Diplomado Internacional Medios para Comunicar el Patrimonio, que se celebra entre el 6 y el 24 de junio. El también director del Grupo Interdisciplinario de Estudios en Comunicación, Política y Cambio Social (COMPOLÍTICAS), autor de más de una decena de textos entre los que se destacan Iberoamérica: Comunicación, Cultura y Desarrollo en la Era Digital y La Información y la Guerra en la Doctrina de los EE.UU, disertó sobre los retos actuales a que se enfrenta la disciplina Comunicación y Desarrollo y los desafíos que supone la “sociedad de la información”. En un encuentro con el equipo de La Jiribilla, el reconocido teórico y Doctor en Ciencias de la Comunicación compartió sus puntos de vista acerca del uso de las redes sociales y el impacto que han tenido y tienen en el mundo, los modelos comunicacionales más factibles para la izquierda en estos momentos y las disquisiciones entre el periodismo tradicional y el de “nuevo tipo”, entre otros temas de la actualidad.

La Jiribilla ha apostado al concepto de revista cultural, que cuenta con una Redacción integrada con expresión en varios soportes, y propone textos de análisis, dosieres y coberturas sobre el acontecer cultural de la Isla. Para usted, ¿cuáles perspectivas de sobrevivencia en la Red tiene un sitio web con frecuencia de actualización semanal y formato de magazine?

Hoy hay un escenario de convergencia, el futuro es lo digital. En torno a ello existen varios debates interesantes, como el modelo de negocio, que no sería el caso de La Jiribilla porque se concibe como una iniciativa donde no tiene sentido una lógica económica, sino un impacto o beneficio social.

 La política pública cultural en Cuba no solo es factible sino original, porque si se observan países y espacios como otras regiones del Caribe, estos no tienen tanta presencia de cultura nacional en la Red. Evidentemente esta resulta una lógica de defensa, una posición política, pero en nuestros contextos no se suele dar. Pienso en culturas fuertes como la mexicana; Brasil sí cuenta con una política activa de defensa de la cultura popular y de salto a la cibercultura. Tenemos un estudio sobre la presencia de la cultura latina en la información vista como subalterna y periférica, y más allá de razones económicas y acceso tecnológico, no existe una visión sobre qué se juega en la Red en cuanto a imaginarios, a visibilidad e incluso en términos económicos relativos a viabilidad de la industria cultural.

 Es evidente que quien no está en la Red no tiene futuro. Aquí convergen algunas variables: además de lo nacional se deben tener perspectivas regionales, trabajar —como lo están haciendo— con la negritud, la cultura afro, porque son mapas regionales e identidades que trascienden el posicionamiento como referente cultural en el ámbito regional y global, pues la globalización se marca por mapas regionales, y por todos es sabido que la historia de América Latina y las colonias resulta un poco artificial, han alterado fronteras naturales e identidades culturales. En este escenario, lo digital puede investigar sobre la riqueza y diversidad de horizontes y visibilidad de culturas con toda su idiosincrasia. Claro que es viable, al no estar en Cuba limitada por una lógica economicista, manejan la posibilidad y viabilidad de construir un proyecto de futuro.

  Se ha extendido la idea de que el uso de las redes sociales ha sido decisivo para los levantamientos que se han producido en el Oriente Medio y también para el desarrollo del Movimiento 15-M en España, sin embargo, Isaac Rosa desde Público, afirmaba que a pesar de los usos de Internet, las verdaderas revoluciones continuaban ganándose en la calle. ¿Cuál es su opinión al respecto?

 Es verdad que hay alguna visión mítica sobre lo que está ocurriendo en España y se dan múltiples lecturas, una es un dato objetivo: los jóvenes —fundamentalmente los universitarios con un alto nivel de competencia y formación—, fruto de las políticas neoliberales, están en una situación de precarización extrema, o sea, no tienen —y no tendrán quizá— posibilidades de acceso a la vivienda a causa de la especulación inmobiliaria, no tienen posibilidades de un empleo estable —solo uno de cada cinco cuenta con una opción de empleo más o menos estable—, y ese contexto es el que ha alimentado la situación.

 Se debe tomar en consideración el sistema de medios que es muy concentrado, y en los últimos años ha experimentado una transición hacia la derecha y extrema derecha, no por el cambio de línea editorial, sino porque forma parte de una evolución de un grupo como el de Murdoch y otros muchos que por motivos económicos han defendido sus intereses como grupo. Ello se evidencia en la reciente polémica de Bernardo Atxaga sobre cuáles son las indicaciones en las páginas de cultura para informar acerca de los cánones literarios y los estándares.

 En España hay un acceso a las redes por parte de los jóvenes casi universal, existen muchas posibilidades de conexión desde el propio hogar, en la educación, el sistema universitario, en el trabajo, en equipamientos públicos, privados y comerciales. Esas tendencias han llevado a que los jóvenes, por una migración digital, usen la Red para expresarse.

 Durante el vuelco electoral que llevó al triunfo de Zapatero en las elecciones, un colega comunicólogo, Víctor Sampedra, hizo un estudio donde se mostraba la plenitud de la telefonía móvil para la autoconvocatoria. Es un escenario con falta de estructura de sociedad civil consolidada y de fórmulas partidarias muy encorsetadas, y los jóvenes han buscado fórmulas de autorganización. Por un lado, en el 15 M han influido el movimiento anarquista, los ocupas —que tienen un peso histórico en España, un movimiento social fuerte para la ocupación de espacios abandonados reivindicando el derecho a la vivienda—, por otro lado, movimientos sociales tradicionales pacifistas, feministas, algunos vinculados a la izquierda como el Partido Comunista Izquierda Unida que tiene una labor continua de movilización. Estos grupos se han autoconvocados históricamente en plataforma a través de la Red, de Internet, de la telefonía móvil.

 El movimiento ha tenido varias tentativas anteriores como el propio vuelco electoral del 14 M que aupó a Zapatero a la presidencia del gobierno frente a un proceso electoral en el que estaba claro el triunfo de la derecha. También aprovecha la experiencia del movimiento V de vivienda —que son parte de los movilizados ahora en Puerta del Sol— convocando a sentadas y acampadas por la Red, y la de los investigadores jóvenes de la universidad. Hay que recordar la existencia de sitios como Rebelión, Nodo 50, Sin dominio, Indymedia y otras plataformas de comunicación alternativa, con un peso para estos sectores muy formados pero bastante precarizados. No explicaría el proceso de movilización del 15-M solo esas redes; la Red es una herramienta que en una situación objetiva de desempleo, de crisis fuerte, de malestar en la sociedad española ha activado un movimiento. Como señalaban por la referencia a Issac Rosa, no puede haber éxito en la movilización si no existen asambleas y la toma de la plaza pública. Quienes nos dedicamos al metactivismo en Red lo venimos reivindicando: puedes estar haciendo foros en Internet y bloqueo de páginas, pero eso no se traduce en acción. Cuando hay comunicación interpersonal, asambleas, tomas de las calles, manifestaciones públicas es cuando la fuerza de Internet se multiplica por diez. Esto es lo que ha sucedido en el 15-M.

 La situación es diferente en los países árabes. Los medios internacionales han difundido la lectura de que las redes han desempeñado allí un rol fundamental, pero si se hace un diagnóstico de cuántos ciudadanos de cada mil habitantes en los países árabes tienen acceso a las redes, resulta obvio que la afirmación es una falacia, porque no tienen acceso a la Red, este es ridículo. Ahí estamos hablando de ciberguerra, de experimentación. El control de las redes por EE.UU. no es nuevo, viene desde la carrera espacial de los años 60 y con la idea del control global de las comunicaciones como bien saben en Cuba; por tanto, sobre estos experimentos se pueden hacer lecturas muy distintas a las del proceso de autoconvocatoria y movilización de la población en España.

 Cuando concebimos los nuevos medios y modelos de comunicación, se piensa en modelos tecnocráticos. ¿Qué lugar ocupan en ese análisis otros proyectos de comunicación alternativos al hegemónico?

 Es verdad que Internet permite la descentralización, propicia lo que están haciendo aquí: superando barreras nacionales, bloqueos, poder hacer llegar el mensaje a cualquier punto, sin restricciones; siempre puede haber hackers, ciberguerra, bloqueo de páginas; pero potencialmente la descentralización del sistema permite lo que Manuel Castells denomina autocomunicación de masas.

 El cambio cultural radica en que una cultura crecientemente democratizada permite que cualquier actor político, cualquier sujeto social reivindique su derecho a la palabra, y esto es lo que se está transformando, lo que no entienden los profesionales de la información. En la conferencia del Instituto Nacional de Periodismo José Martí uno de los temas que discutimos y que venimos debatiendo los profesionales de España, es que cuando oyen hablar de periodismo ciudadano les entra pánico: “¿esto qué es: un soviet, van a sustituirnos, cualquiera puede ser periodista?”. No, significa que debemos cambiar de rol porque lo que veníamos reivindicando en los 70 sobre comunicación alternativa no es muy válido, pues en estos espacios cualquier ciudadano que hace su blog ya está haciendo contrainformación. La cuestión es cómo articulamos en luchas y con una visión estratégica, histórica el derecho a la palabra con un proyecto colectivo que exprese valores y cuestiones ideológicas. Cualquiera no puede decir su palabra y opinar lo que quiere, uno de los problemas del 15-M como movimiento radica en que todos están haciendo valer su palabra, hay una voluntad de establecer un modelo asambleario y de consenso, con alternativas, pero falta formación política y visión estratégica.

 Acaban de ocurrir unos incidentes entre los manifestantes en los que no se distinguen objetos de discursos; dicen que todos los políticos son iguales, y no, porque, por ejemplo, la Izquierda Unida ha venido defendiendo una política de defensa de los derechos colectivos, fiscalía progresiva para gravar las grandes fortunas y los bienes patrimoniales. No todos son iguales, no todos son corruptos, no todos tienen el mismo proyecto, y afirmar lo contrario se debe a la falta de formación política e ideológica. De la comunicación alternativa dependerá cada vez más el intento de establecer estos procesos que históricamente, en términos gramscianos, se denominan articulación democrática, contrahegemonía como visión de bloques de progreso. Ahí la alternatividad no va a darse por la participación, porque hoy el usuario de Internet participa, produce y elabora sus contenidos. Pero no nos referimos a elaborar contenidos con una visión miope, la miopía intelectual no permite percibir el desarrollo histórico; cualquier proceso de movilización con comunicación alternativa ya no puede descansar en que las personas participen, sino en tener un proyecto de vida, de sociedad, de modelo, de desarrollo, de alternativa política y social, un modelo de organización distinta. Esto es lo que espero que en el 15-M se madure.

 Existen bases porque hay mucha fuente de contrainformación, experiencia, por primera vez la izquierda comienza a pensar seriamente en la comunicación. Falta investigación sobre políticas de comunicación y también se requiere articular visiones desde los poderes públicos de una política de izquierda transformadora; no era en vano la frase de que el agujero negro del marxismo eran los medios de comunicación, no ha habido teorización, no ha habido reflexión, no hemos entendido los lenguajes.

 En España, por ejemplo, la derecha está ganando la batalla ideológica porque han entendido la centralidad de la comunicación y articulan políticas, evidentemente neoliberales, privatizando el sistema público de comunicación, favoreciendo intereses estratégicos del gran capital. Sería la hora de empezar a experimentar por nuestra parte, y lo estamos haciendo de manera muy original con el metactivismo, con las nuevas redes de contrainformación, con las formas creativas de algunos colectivos que están soportando como democracia real el proceso de movilización de los jóvenes. Habría que experimentar también otras formas de contar y narrar. Gran parte de la legitimidad de este colectivo ha estado dada por la posibilidad de grabar e inmediatamente difundir lo sucedido; antes los movimientos solo pensaban en la acción, pero no quedaba ni memoria. El 15-M tiene ya una memoria fotográfica, de carteles, y todo el material se ha ido registrando. Profesionales de las ciencias de la información han ido revisando la base documental de la experiencia para que no se olvide la movilización y tenga proyección histórica. Eso implica un cambio en los modos de operar, y gran parte de los nuevos movimientos sociales han puesto cada vez más énfasis e importancia en las políticas de representación, en formas de visibilidad y de proyección tanto mediáticas, como de comunicación pública.

 Nos queda pendiente que esos movimientos sociales tengan una visión política; por ejemplo, siguen pensando que Internet y las tecnologías son neutrales y es una cuestión política pensar que los canales, las tecnologías, los sistemas de comunicación requieren de visiones políticas amplias, incluidas las normas y estándares tecnológicos. Este es el argumento que ha sostenido la derecha estadounidense para derivar el debate de la sociedad de la información de la UNESCO a la UIT (Unión Internacional de Telecomunicaciones), los norteamericanos dicen que se trata de un asunto de ingenieros, de técnica. No señor, las normas estándares técnicas son una cuestión política, relacionada con el desarrollo industrial, con el desarrollo económico, con el modelo de organización, con la democracia en el sistema internacional. Esto los movimientos sociales siguen sin entenderlo, por ejemplo: he tenido varios debates con el gurú del software libre, Richard Stallman, porque él cree que simplemente con socializar software libre ya se garantiza un modelo democrático, pero el software libre es perfectamente compatible con una estructura económica global de las industrias culturales, privativas y oligopólicas, no transforma nada; necesitamos políticas para democratizar la Red, un sistema transoceánico de cableado, las propias normas internacionales de desarrollo, la transformación de la propiedad intelectual en la Organización Mundial del Comercio. Los movimientos sociales tienen que reivindicar esto porque les va la vida en ello. Soy de la idea ―aunque puede considerarse por algunos colegas de otras disciplinas como una visión propia de comunicólogos― de que para revisar otros derechos humanos, sociales, el primero de ellos, la capacidad y el derecho a luchar por la dignidad pasa por reivindicar el derecho a la comunicación.

 A estos movimientos les falta visualizarlo, pero ya están experimentando otras formas creativas de expresión que no se daban antes. En épocas pasadas, se afirmaba que la comunicación alternativa se da sin cambiar el canal y el proceso, solo modificando el discurso y haciéndolo liberador, de izquierda, pero para lograr una comunicación alternativa hay que cambiar el discurso y también el modo de organizar la comunicación y el proceso en sí mismo. Pero a partir de la propia lógica de mercado ya se está cambiando de modo sustantivo y las personas toman la palabra aunque no se la den.

 Si bien la ascensión de nuevos gobiernos en América Latina ha significado un avance significativo en la esfera social, los medios de  comunicación, reproducen agendas y modelos tradicionales. ¿Puede hablarse de un estancamiento en las políticas de comunicación respecto a los logros en política social?

 Si miramos hacia atrás con perspectiva histórica, después de dos décadas de neoliberalismo hemos experimentado un proceso de regulación democrática, de reconocimiento de las radios comunitarias en un país como Bolivia en el que la cultura aymara estaba invisibilizada, y era inexistente además, en el espectro de la televisión. El caso de Uruguay muestra las conquistas en el acceso y reconocimiento de los medios comunitarios, y en Venezuela se perciben avances sustanciales alrededor de políticas que hace décadas se intentaban reivindicar.

 El relativo estancamiento viene por tres ámbitos: los poderes públicos y la intelectualidad no tienen una conciencia crítica o visión amplia de las políticas de comunicación, de lo que implican ellas y de lo que nos jugamos en este terreno. Gobiernos como el de Ecuador o el de Venezuela sí son conscientes, pero requieren de sistematizar un pensamiento y una tradición en política pública, al no tener conocimiento y madurez para afrontar el tema de la democracia en la comunicación, pueden cometerse errores.

 Un segundo plano en el que se verifica el estancamiento es que no existe cooperación. Ello se abordaba en los 80 con las lecciones del Informe McBride en lo que respecta a los derechos a la propiedad intelectual, o la defensa de la industria cultural latinoamericana. En América Latina, las estrategias no se pueden trazar desde un solo país, por separado, deben articularse. Se debe hacer una estrategia regional, que quizá se materialice al fin con la decisión de MERCOSUR de incluir por primera vez en su agenda el tema de políticas de comunicación, que permitirá reivindicar la Fundación de Nuevo Cine Latinoamericano, una industria audiovisual propia, una Red de telecomunicaciones propia, y una mayor presencia en los foros internacionales, para que no sea solo la voz dominante de EE.UU. o las del Norte las que cubran el mercado de las comunicaciones y las tecnologías de la información.

 En la Unión Latina, por ejemplo, construimos una Red de pensamiento crítico, justamente porque observamos que en los 80 y los 90 se había producido un giro a la derecha y que los estudios en comunicación habían renunciado a un enfoque crítico marxista, a una tradición emancipadora, a una reivindicación de los medios comunitarios y participativos; por una visión culturalista o funcionalista, perdiendo la idea de pensar desde el Sur.

 Con esta Red que hemos articulado, nos esforzamos por poner en la agenda, primero, el tema de las políticas de comunicación, pensar qué es la comunicación y para qué sirve, revalorar sus derechos sociales. Hemos avanzado en poco más de una década, pero seguimos siendo minoría en la academia; en los planes de estudio de nuestras facultades no se aborda el estudio sistemático de las políticas. Existen fórmulas para que los poderes públicos, los gobiernos sepan que hay maneras de regulación, modelos de desarrollo, reglas de control y fiscalización de medios como los consejos audiovisuales, alternativas democráticas como los consejos de redacción. Es decir, hay una amplia diversidad y debemos empezar a impulsar como prioridad los estudios, las tesis, la investigación y el conocimiento para poner en práctica políticas públicas concretas que sean efectivas, para democratizar la comunicación, por un lado, y para desarrollar el sector en nuestros países, por otro.

 Es estratégico, no secundario; buena parte de las plusvalías se dan en ese ámbito tanto en Internet y los contenidos, como en la producción de softwares y tecnologías electrónicas. Quien ha avanzado en esa visión más económica que política, es el gobierno de Brasil, con la TDT y la norma japonesa-brasileña, que le ha permitido desarrollar su industria, crear empleos y tener autonomía. Es decir, no se pueden separar los contenidos y las políticas de comunicación de una política industrial en el sector de la cultura. Estas visiones faltan en la academia y en los poderes públicos a la vez. Cuando maduren, estaremos en condiciones de dar un salto cualitativo.

 Además del conocimiento y el capital, ha faltado la experiencia práctica, porque hasta ahora nos hemos guiado por el modelo liberal fundamentalmente. Las experiencias socialistas han sido cortas en el tiempo,  de poca madurez. Se conoce poco de lo que fue la experiencia de autogestión de los medios de comunicación en Yugoslavia, por ejemplo. Hay que buscar fórmulas que no solo miren al mercado-estado, sino que impulsen el cooperativismo en los medios, el protagonismo de los profesionales, que generalmente son los primeros que se oponen cuando se les propone buscar fórmulas democráticas. Es cierto que existe la Sociedad Interamericana de Prensa, y una historia de organizaciones, que se han ocupado de cortar intelectualmente a los profesionales y hablar del discurso de traición y propiedad en el sentido clásico del pensamiento liberal dominante; pero en otras ocasiones, sectores de izquierda también han asumido ese discurso como resultado del desconocimiento de las alternativas posibles.

 Tenemos un problema de pedagogía democrática que no hemos sabido solucionar por la historia de la evolución de nuestro campo científico y por la resistencia de los poderes públicos. Como la comunicación es una cuestión de consumo, es privada, una mercancía, no un bien público, los estados no han querido involucrarse.

 Los medios tenemos la responsabilidad de preparar a los receptores también como críticos de los medios de comunicación. En la red, no se percibe esa intencionalidad desde los modelos de comunicación dominantes. ¿Qué consecuencias puede traer el hecho de que cada vez sea menor la masa crítica para la cual escribimos y publicamos?

 La tarea de defensa ideológica debería hacerse en las escuelas, en todos los frentes, en las organizaciones sociales. La educación crítica implica contraponer lecturas, buscar el lugar que ocupan las estructuras accionarias de las grandes empresas en determinados países, y entender, por ejemplo, por qué un periódico de supuesta centroizquierda contraviene su propia carta fundacional en determinadas circunstancias.

 También, el ejercicio de educación hay que hacerlo desde los propios medios, porque el primer principio del derecho a la libertad de prensa —no porque lo diga Marx—, es el derecho a la crítica y a la autocrítica. El periodismo es de los pocos sectores profesionales que no tienen fiscalización ni capacidad de autocrítica y rectificación.

 Próximamente en España, en un Congreso de alfabetización digital reflexionaremos desde una perspectiva crítica sobre la web 2.0, el nuevo modelo de socialización de las TIC, que nos debe llevar a formar a personas que no solamente sepan utilizar las tecnologías, sino los discursos que circulan a través de ellas. Esto implica otro nivel de competencias que no se suele tener en cuenta.

 En  febrero de 2011,  convocamos a un Taller Internacional sobre medios digitales y contexto social en el que Pascual Serrano ponía sobre el tapete una pregunta relacionada con el control de los medios: El modelo liberal ha planteado siempre que para que haya libertad de expresión, los medios deben ser privados; existe otra visión que defiende los medios en poder del estado para que puedan confluir todas las representaciones de la sociedad; y en América Latina, sobre todo, se ha desarrollado una tendencia a valorar más los medios comunitarios, alternativos. ¿Cómo conjugar esos tres modelos de control de los medios?

 Justamente por esto se hace importante la educación y, sobre todo, las políticas públicas. Hay una visión muy pobre que confía en la legalización de medios comunitarios como forma de cambiar el impacto. El alcance de estos medios es muy pobre, muy limitado, y en ese sentido los movimientos sociales deben cambiar. En primer lugar, no pueden pensar solo en este tipo de medio y en su público, deben hacerse alianzas, redes. La concepción actual de algunas organizaciones de tener su medio de comunicación propio demuestra una visión muy pobre.

 La segunda cuestión que ha de cambiarse es que deben tener políticas e insertar su experiencia de acceso y de comunicación comunitaria en un marco de políticas globales. Si no se tiene una visión amplia, por ejemplo, del uso del software libre, seguirá dominando el modelo privativo. Solo con un esfuerzo pedagógico y con políticas globales, se puede dar sentido a la acción de los medios comunitarios.

 La autocomunicación de masas se ha convertido en la idea de que un hombre es un medio, porque una persona en sí misma, con las nuevas herramientas tecnológicas, tiene la potencialidad de construir un medio alternativo. ¿Esto articula diálogo público? ¿Construye ciudadanía y proyecto colectivo? No necesariamente. Tenemos otros episodios en la historia de la humanidad, en los que la fragmentación y cierta tendencia comunitarista o individualista en la expresión, no ha construido cambio global. Este solo es posible a través de la solidaridad y la reivindicación de un proyecto político colectivo. Solo con educación para formar conciencia cívica crítica, con educación para la comunicación desde una perspectiva proactiva, sobre los derechos de la comunicación a nivel nacional y global, es posible dar coherencia a la acción de los medios.

 Esto es cada vez más difícil en la Red, porque la autocomunicación de masas permite una mayor fragmentación, aunque no estoy de acuerdo con algunos expertos que plantean la balcanización del espacio público porque procesos de movilización como el 15-M no hubieran sido posibles sin esta supuesta fragmentación, que pone en agendas temas que nunca antes habíamos discutido en la democracia de España y otros países.

 Esta desaparición de límites entre los espacios público y privado, resultado también de la “explosión” de las redes sociales, ¿en qué lugar nos coloca frente a las fuentes de información?

 Haciendo un poco de historia de los medios, podemos ver que en la radiodifusión también se dio un boom similar al que está teniendo lugar en Internet. Al surgir como industria en los EE.UU., cada comunidad, centro educativo, organización cultural y movimiento religioso tenía su emisora. Después se crearon las grandes networks. Probablemente, luego de una fase de explosión en la Red, suceda lo mismo que en la radio, yendo hacia una concentración. Tal vez entre a jugar un papel importante el gatekeeper colectivo: la necesidad ante la dispersión de fuentes y de medios nos va a llevar a una concentración. La pregunta más importante es ¿cómo será esa concentración?

 Los seres humanos somos canales muy deficientes de procesamiento de información, tenemos vida afectiva, estética y otros usos que no poseen las máquinas. Uno de nuestros retos es reestructurar la ecología de medios, valorar la cantidad de canales, informaciones y fuentes pertinentes. Ese es un debate de política que no se toma en consideración. La cultura de que a más información y medios, mayor pluralismo y liberad, es falsa tanto en el modelo liberal, como en el modelo socialista.

 Una de las leyes universales de propaganda es acerca de la saturación de información. En Iraq nunca supimos verdaderamente las causas y consecuencias de la acción bélica, mientras fuimos bombardeados con información insignificante, banal, de fuentes interesadas. El proceso de concentración tiene que ir aparejado de un proceso de liberación democrática. Por esto, se hace necesaria la educación y la necesidad de reestructurar los ecosistemas de información.

 La modernidad mal entendida ha llevado a pensar que lo último o lo nuevo es lo mejor; pero es todo lo contrario. Entonces, deberíamos ir al gatekeeper colectivo, y generar un debate de liberación en los marcos  nacional y a nivel global, sobre los sistemas y la cantidad de medios para generar información. A esto yo le llamo “politizar la información”. A nivel micro, que los profesionales discutan qué fuentes y por qué; y a nivel macro, que se piense sobre qué canales y medios precisa una cultura para su reproducción, para su progreso y desarrollo equilibrado.

 En España discutimos sobre las tecnologías, cuando el propio modelo de educación hace aguas. Vamos a utilizar pizarras electrónicas sin saber cómo ni por qué, en un escenario de hipermodernización tecnológica que puede derivar en fracaso escolar creciente, mayor disfuncionalidad, desmotivación del profesorado. Es necesario hablar de ecología de la comunicación pensando en los equilibrios precisos.

 El Google solo es un síntoma de que va a darse una mayor integración de plataformas. La convergencia económica entre empresas y los procesos de conglomeración multimedia se están dando. España está viviendo un proceso de concentración intensivo en la televisión. Y van a continuar a escala internacional y global. La cuestión nos lleva a un debate en la sociedad civil sobre qué modelo de comunicación y cuánta información precisamos. En realidad, las fuentes tienen que ver con esto, con la lógica de flujos, de repertorios culturales y de la necesidad de una sociedad para vivir y para poder entender el mundo.

 No es nada nuevo, los pioneros de la ciencia de la comunicación hablaron de cuántos bits necesitan un sistema para transmitir su legado cultural y progresar a la vez. Uno de los síntomas de la deriva y la falta de referentes, es la sobresaturación de estímulos visuales y sonoros. Las nuevas generaciones, estimuladas en parte por esta abundancia terrible de información, pueden acabar, como advertía un teórico italiano, con una tendencia esquizoide, con una compulsión iconofágica de devorar signos y  contenidos sin tener muy claro el para qué.

 Y volvemos a lo esencial: la cuestión no es llevar el pizarrón electrónico al aula, sino pensar en el modelo pedagógico que utilizamos; qué cultura y socialidad para las nuevas generaciones —que ya son nativos digitales―  necesitamos.

 Algunos medios tienden a colocar en la página principal, los blogs de sus columnistas. En algunos casos, la tendencia responde a una estrategia de marketing. ¿En qué medida los medios del futuro terminarán convirtiéndose en un compendio de blogs?

 En el primer caso, una de las dificultades que están teniendo los medios es la viabilidad comercial, pero todos los diagnósticos de grupos mediáticos que se enfrentan a la crisis del formato impreso, reconocen que la marca va a ser determinante, y que tendrá la forma de una agrupación al estilo club —un regreso a formas premodernas de mecenazgo—. No está muy clara la viabilidad de esa empresa periodística porque de momento la publicidad no resuelve financieramente la sostenibilidad de esas firmas, columnistas o líderes de opinión para esos contenidos. Hay otros espacios en Internet que suplen la generación de informaciones al instante y la función de la prensa en el sentido clásico.

 Sí parece claro que, dada la lógica que yo llamo dinámica de Twitter, la función de actualidad en la Red va a quedar relegada a la función de opinión y a esa lógica de agrupamiento, en la cual el problema será el de la sostenibilidad como negocio.

 Sin embargo, no se está explorando otra dimensión que es costosa y difícil, el periodismo de investigación, el desarrollo de géneros interpretativos en profundidad. Esto ocurre porque la lógica de visibilidad a partir de los tweets, o de que otros medios refieren los contenidos, hace que el medio se convierta en líder de opinión y demuestra calidad de información. Los ritmos de la cultura digital no permiten un trabajo de elaboración a conciencia y costoso como es el desarrollo de los géneros interpretativos.

 Una tendencia es la redundancia en los argumentos y razonamientos, repetir lo publicado ya en otros lugares, porque la lógica es más cuantitativa que cualitativa. El reto en la Red sería tener equipos grandes (gatekeepers colectivos) que elaboren reportajes y aporten un valor distintivo. Lo que hacemos es de una creciente autorreferencialidad, los medios en la actualidad son redundantes como nunca antes.

 El proceso de la marca y la concentración de firmas también están asociados con la concentración de públicos, que a su vez se vincula a una ascendente mercantilización. La tendencia de visibilidad en la Red sigue la misma lógica; la circulación de capital y el impacto a corto plazo. Esto va en contra de trabajar bien con las fuentes, de elaborar periodismo de investigación, de establecer argumentos y análisis en el columnismo de opinión y de generar pensamiento; así como experimentar otras fórmulas, como la de explicar los hechos a través del cómic, como ha sucedido con la guerra de Iraq.

 Dentro de la ecología de la comunicación tenemos varios retos: el de financiación (no es sostenible que existan mil micromedios, sino menos con más recursos); y la creación de otro modelo de redacción (a partir de la precarización del sector se impone la flexibilización de estructuras, que se traducirá en mayor especialización).

 Ciertamente, la marca va a ser fundamental porque ofrece confianza y credibilidad. Prevalecerá como lo más económico y lo más fácil, pues como decimos en España, se aviene al modelo de radiodifusión estelar: el medio posee cinco grandes estrellas, y detrás una redacción precarizada. Pero la firma es la que atrae grandes públicos y la concentración de audiencias aún sigue siendo determinante e indicativa de una mercantilización a corto plazo. Mi hipótesis es que este proceso no será sostenible, porque la autocomunicación de masas va a llevar a los públicos hacia otras fuentes, o a ser infieles audiencias que migran inestablemente entre un medio y otro. Los estudios de audiencia indican que es el fin de los suscriptores, más aún si las firmas reconocidas siguen repitiendo los mismos argumentos y las mismas retóricas sin añadir valor significativo a la interpretación de los acontecimientos de actualidad.

 ¿Definitivamente, cree que desaparecerá el periodismo convencional?

 Todos los profesionales del medio tienen el pavor universal de que va a morir el periodismo. El periodismo moderno, que va fraguándose en el XVIII y sobre todo profesionalmente en el XIX, es una concepción que parte de una concepción de autor ―bien como periodista o escritor, da igual que hablemos de Zola o de un periodista en prensa―, con una noción de separación radical entre espacio público y privado, con una concepción de acceso en exclusiva a las elites, con un modelo de unificación de espacio público e interlocución ocupando los medios una función de filtro y mediación casi en exclusiva de cómo se construyen los imaginarios.

 Las identidades, el espacio público y las sociedades han cambiado en varios sentidos: primero el periodista ya no tiene acceso en exclusiva a las fuentes, por tanto, cualquier sujeto puede tener acceso no solo a ellas, sino a información mucho más rica, con criterio de pertinencia. Como toda profesión, cambia y es verdad que suscita bastante miedo.

 En España, en medio de restructuración de plantillas, de despidos incluso, muchos veteranos periodistas lo primero que me dicen es que muere el oficio de periodista. Yo digo que no muere, solo no puede mantenerse el periodismo clásico porque cambian los medios de producción, las rutinas productivas, pero, más allá, la sociedad. No se puede mantener el discurso periodístico, las formas retóricas, para un público diferente al ciudadano del XIX, es otro sujeto político, otra sensibilidad, otra identidad, otro espacio público, los propios medios y redacciones, estos dispositivos cambian. Sería pretender que los investigadores, para ser buenos investigadores, deberíamos ir a las fuentes originales, trabajar sobre los libros y utilizar una Olivetti en lugar de un ordenador para escribir la tesis toda lineal, porque así se hace investigación en serio, como lo hacía el padre del evolucionismo moderno y todos los científicos sociales históricamente.

 Los medios y las herramientas se transforman, pero no es un problema técnico, es un problema sociocultural, de cambio de modelo de mediación. Quizá el problema radique en el concepto, porque periodismo implica una periodicidad pero cuando produces información en tiempo real no la hay, la información se está generando en todo momento lo que de manera discontinua, con otra lógica. Prefiero hablar de profesionales de la información, que deben gestionar cada vez más bases de datos, el perfil de las ciencias de la información —Bibliotecología creo que le llaman aquí— es muy importante, porque ahora hay también labores de trabajo con las fuentes pero ya no en exclusiva, sino a través de criterios de clasificación. En los 80, con la crisis del periodismo en los EE.UU., se habló mucho del periodismo de precisión, habría que explorar otros métodos y técnicas científicas, de encuesta, de cruce de base de datos para hacer crónicas. Eso un ciudadano de a pie no lo sabe hacer, nosotros podemos aportar otro tipo de información, pero lo que llamamos críticamente periodismo de declaraciones, eso ya no es significativo, por ello va a cambiar.

 Dentro de los profesionales la visión es muy pesimista porque el cambio está siendo muy acelerado. Incluso en la propia universidad, en la academia no sabemos qué competencias necesita un profesional, algunos tenemos claro que debe conocer más metodología de la investigación, para saber explotar esos conocimientos y hacer investigación en la Red, cruce de datos, pesquisas, y que tienen que cambiar las formas retóricas porque seguimos con los mismos géneros periodísticos, parece que no hubiera cambiado nada. Otros profesionales también están en crisis: los profesores, los investigadores, todos los intermediarios están modificando sus roles rápidamente.

 En los 60 se hizo un discurso sobre la posmodernidad y la crisis de la representación relacionado con los intermediarios: culturales, políticos, educativos y, por supuesto, también periodísticos. Seguirá habiendo mucha producción hecha a partir de la presencia en el terreno, de testimoniar y registrar, pero cada vez tendremos que ir menos a los lugares si hay allí videoaficionados que nos puedan mostrar lo que pasa, entonces habrá que constatar si esa fuente es fidedigna o no a través de diferentes procedimientos.

 No veo el cambio de manera negativa, soy de la idea de que la crisis es oportunidad y por tanto esto puede dar un sesgo democrático y replantear la propia función periodística que, dicho sea de paso, tradicionalmente ha servido a otros intereses distintos a los que supuestamente, por principio normativo, debiera servir. Es una oportunidad para replantearse el oficio y asumir nuevos retos, nuevas rutinas y formas de organización y de producción informativa. No va a desaparecer el trabajo, va a desaparecer el tipo de función que se hacía porque en las rutinas periodísticas una cosa es lo que dicen los periodistas que hacen y otra lo que realmente se hace: poco trabajo de fuentes, poca contextualización, poca investigación sobre la noticia. Tal vez es el momento de aportar ese plus de calidad que históricamente no se ha dado.

Tomado de La Jiribilla.  Revista de Cultura Cubana

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